
Alejandro Sandoval Ortega
Al poco de continuar nuestra marcha, y sin haberlo visto casi hasta encontrárnoslo delante, se acercó a nosotros con la mano extendida en ademán de estrecharla con la nuestra un hombre enjuto, mayor, vestido con un chubasquero verde, de pelo blanco y llevando un sombrero lleno de chapas y un cartelito que decía "Alejandro Sandoval Ortega el amigo del peregrino".
- Buenos días tengan ustedes amigos –nos dijo.
- Buenos días
- Soy Alejandro Sandoval, el amigo del peregrino.
- Encantados –le dimos nuestros nombres-.
Tras este curioso saludo inicial, Jandro –que es así como le gusta que le digan-, comenzó a explicarnos su vida y el porqué de estar ahí saliendo al paso de los peregrinos, que no era cosa de locura ni aburrimiento, sino de algo más profundo.
Si llegan a decírselo hace algunos años, Jandro ni se lo hubiera creído. Hasta entonces, había pasado casi toda su vida plácidamente, viviendo de su trabajo en una capital castellana, sin que nada le sobrara, ni nada le faltara; es más, él siempre se enorgullecía de lo que tenía, y decía no necesitar nada más.
Eran su mayor riqueza su esposa, con la que llevaba ya muchos años casado, una hija y un pequeño nieto, que había sido el colofón a sus humildes aspiraciones. Era su alegría, su vida misma.
Pero llegó el día en que descubrió que, a pesar todo, podía quedarse sólo: su amada mujer murió, y la casa en la que había compartido tantos años de amor y complicidad, se le llenó de sombras cargadas de recuerdos... Tenía que marchar, huir, pero no junto a su hija como un viejo molesto que termina por ser una carga. No.
El iría a otro sitio, más lejano en el tiempo: a sus orígenes...
Jandro había nacido en un pueblo de Tierra de Campos. Allá conservaba la casa de sus padres, en la que podría vivir con toda comodidad haciendo unas pocas reformas. Aunque su hija pareció resistirse al principio, terminó por acceder, es más: le mandó acompañado del pequeño nieto, sin que quedara claro ahí quien era el que iba a hacerse cargo de quién.
El caso es que los primeros meses pasaron sin pena ni gloria. Mientras Jandro entretenía su tiempo entre paseos, alguna que otra reparación de la casa y charlas con los vecinos, su nieto se iba haciendo poco a poco a la vida en aquél pueblo.
Cuando no tenían nada mejor que hacer, se juntaban los dos en la recocina de la casa, y mientras uno se entretenía mirando la televisión, el otro gustaba de asomarse a la ventana de la casa a ver quién pasaba delante de ella. Se hacian compañía el uno al otro sin interferirse, con total independencia.
Estaban en esto una tarde, cuando el nieto le dijo señalando al exterior:
- !Jo, cuantos peregrinos pasan todos los días por el camino, abuelo!
Al oirlo, sin saber explicar muy bien porqué, Jandro sintió la necesidad de abandonar aquella vida de encierro. Quizá fuera porque estaba acostumbrado a comunicarse con los demás, a tratar con gentes de todos los tipos y eso, ahora más que nunca, era lo que necesitaba...
- Seguro que a ella -pensó-, no le hubiera gustado que me quedara el resto de mi vida sin hacer nada, esperando la muerte.
Jandro se decidió a abandonar su soledad, a recorrer los caminos que rodean el pueblo -y los que están más allá del horizonte-, para conocer a todos esos forasteros que pasaban un día tras otro por delante de su casa.
Apagó el televisor, tomó una pequeña agenda que le habían regalado en una caja de ahorros, y salió con ella al camino a pedir a todo el peregrino que se encontraba que le escribiera una dedicatoria. ¿Qué mejor manera de romper el hielo y entablar una conversación?, ¿no era sino una forma de acabar con su soledad?.
Han pasado cuatro años desde entonces, y son ya más de un millar las personas que han ido dejando su estela en los cuadernos de ese curioso y amable personaje. Cuando aborda al peregrino lleva siempre una sonrisa y la mano extendida, lo detiene unos minutos para contarle alguna anécdota de quienes pasaron antes que él, y después lo despide pidiendo que nunca se le olvide...
Nosotros, claro está, no fuimos menos, y cuando nos llegó el momento apuntamos nuestro nombre en su libreta y prometimos además escribirle una postal desde San Sebastián una vez que regresáramos. Todavía tuvo tiempo de contarnos un par de divertidas anécdotas más sobre los que pasaron por ahí antes que nosotros, hasta que vio en la lejanía que se acercaba otro peregrino, y tras despedirse de nosotros marchó hacia él.